Atlas de histología vegetal y animal

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Tejidos vegetales

PROTECCIÓN

Los tejidos de protección forman la parte más externa de los órganos de las plantas y se encuentran en contacto con el medio ambiente. Los tejidos de protección típicos son la epidermis y la peridermis, dependiendo de si la planta tiene crecimiento primario o secundario, respectivamente. También se incluyen como tejidos protectores a la hipodermis, tejido que aparece en algunas plantas justo debajo de la epidermis de las partes aéreas, y a la endodermis, localizada internamente en la raíz protegiendo a los vasos conductores.

1. Epidermis

Tipos de epidermis
Tipos de epidermis con distintas características de su pared celular.

Es la capa celular más externa de las plantas y se acepta que no existe en la caliptra de la raíz y que no está diferenciada en los meristemos apicales. Además, desaparece de aquellos órganos con crecimiento secundario, donde es sustituida como tejido de protección por la peridermis (ver más abajo). En las plantas que tienen crecimiento primario se mantiene a lo largo de toda la vida de la planta, excepto en algunas monocotiledóneas que la cambian por una especie de peridermis. En los tallos se origina a partir de la capa más externa del meristemo apical, también denominada protodermis, mientras que en las raíces se origina desde las células que forman la caliptra (dicotiledóneas) o desde las capas más externas de la corteza (monocotiledóneas). Este origen diferente hace que algunos autores denominen a la epidermis de la raíz como rizodermis. En la semilla, durante el desarrollo embrionario, se forma el protodermo, antes incluso que los meristemos apicales caulinar y radicular, del cual se diferenciará la protodermis y de ésta la primera epidermis.

La epidermis constituye el tejido de protección de tallos, hojas, raíces, flores, frutos y semillas. Esta protección es doble, frente a patógenos y frente a daños mecánicos. Otras funciones de la epidermis trascendentales para la vida de la planta son la regulación de la transpiración, el intercambio de gases, almacenamiento, secreción, repelen herbívoros, atraen insectos polinizadores, absorción de agua en las raíces, mantienen la integridad física de los órganos de la planta, protegen frente a radiación solar, etcétera.

Cutícula

En las superficies externas o libres de las células epidérmicas de las partes aéreas se encuentra la cutícula (Figura 1), que es una capa de sustancias fundamentalmente hidrofóbicas que se secreta por las propias células epidérmicas de manera asimétrica. Es una capa protectora frente a la desecación, a daños mecánicos y a patógenos. También protege frente a los rayos ultravioleta, pero deja pasar la radiación necesaria para la fotosíntesis. La poseen todas las plantas, desde los musgos hasta las angiospermas. La composición química de la cutícula varía según la especie vegetal, pero siempre tiene dos componentes: cutina y un conjunto de lípidos conocidos colectivamente como ceras. El grosor de la cutícula varía dependiendo de la función y localización celular, así como de las condiciones medioambientales (Figura 2). Por ejemplo, la cutícula de una hoja de Arabidobsis tiene unos 13 nm de espesor, mientras que un tomate es de 2000 a 9000 nm de espesor, y la de Hakea suaveolens, una planta xerófita, es de 11500 nm. Las cutículas de las frutas carnosas son normalmente espesas, aunque curiosamente no son más impermeables que las de las hojas. Es interesante señalar que el grosor de la cutícula no está directamente relacionado con la capacidad para evitar la pérdida de agua, sino que esta propiedad reside en la proporción de sus componentes y de cómo están enlazados entre sí. De hecho, son las ceras, más que las cutina, las responsables de la permeabilidad del agua. Esto también se aplica a la filtración de los rayos ultravioleta.

Figura 1. Esquema de las diferentes partes que componen una cutícula típica.
Figura 2. Distinto grosor de cutículas. Todas son de superficie lisa, excepto la última (F). A. Tallo de manzano. B. Peciolo de hiedra. C. Hoja de camelio. D. Hoja de roble. E. Tallo de girasol. F. Tallo de malva.

Morfológicamente se divide la cutícula en dos capas: la capa cuticular o región fibrilar, rica en cutina, y la capa lamelar o cutícula propia, con menos polisacáridos pero rica en ceras. Las ceras se pueden depositar en la matriz de cutina (intracuticulares) y también en una capa superficial o capa epicuticular de ceras, algunas veces en forma de cristales. Es esta capa epicuticular la que da las propiedades visuales de cerosas y brillantes a las hojas. En la cutícula también hay otros componentes menos comunes como el cután (polímero no saponificable, unido por puentes éter) y una cantidad importante de polisacáridos que incluyen celulosa y pectinas.

La cutina es un poliéster de ácidos grasos (de 16 a 18 átomos de carbono) con grupos hidroxilos, mezclados con ácidos dicarboxílicos, ácidos alcanoicos, fenilpropanoides y glicerol, que actúa como andamio de la cutícula. Estas moléculas están entremezcladas con las ceras. La síntesis de cutina se produce en el retículo endoplasmático a partir de ácidos grasos sintetizados en los plastidios de las células epidérmicas. La sintasa de la cutina se expresa normalmemte sólo en la epidermis. Las ceras son un grupo heterogéneo que comprenden a una mezcla de ácidos grasos de cadenas muy largas y sus derivados: alcanos, aldehídos, cetonas, alcoholes y ésteres, junto con componentes cíclicos como triterpenoides y estéroles. Se ha estimado que la mitad de los ácidos grasos producidos por las células protoepidérmicas se transfieren a la cutícula. Las enzimas responsables de la síntesis de la ceras están todas asociadas al retículo endoplasmático, aunque los ácidos grasos de los que se originan se sintetizan en los plastidios. El mecanismo de traslado de cutina y ceras desde el retículo a la parte externa de la pared celular no se conoce muy bien.

En las raíces la epidermis carece de cutícula, aunque en algunas especies aparece una capa muy fina similar a la cutícula. Al ser subterránea no está sujeta a desecación, ni a radiación. La función es completamente diferente y en ella se favorece la absorción de agua y sustancias disueltas.

Células

La epidermis está formada comúnmente por una sola fila de células, salvo algunas excepciones donde se aprecian disposiciones estratificadas, como es el caso de las raíces aéreas, plantas xerófitas, o en algunas hojas como las de las adelfas y ficus. La epidermis estratificada se denomina multiseriada, múltiple, o velamen cuando es en la raíz (Figura 3). En estas epidermis multiseriadas las capas superficiales actúan como una epidermis típica, con paredes gruesas y cutícula en su superficie libre, mientras que las capas profundas pueden actuar como almacén de agua.

Epidermis multiseriada
Figura 3. Epidermis multiseriada, velamen, de la raíz aérea de una orquídea.

La epidermis está formada por diferentes tipos de células. Las más abundantes son las células epidérmicas propiamente dichas o pavimentosas. Pero además están las denominadas idioblastos epidérmicos, que son células especializadas. Destacan las células buliformes, células glandulares, células silícicas, células del corcho, células secretoras, células que componen los estomas, las que forman los tricomas, etcétera. Las células del corcho epidérmicas y las silícicas aparecen a veces en parejas. Las células silícicas son las responsables del carácter abrasivo de muchas gramíneas. Algunos tipos celulares aparecen sólo en algunas zonas de la planta, como las de los pétalos que tienen pigmentos, y esencias volátiles o las de la papila del estigma que están relacionadas con la recepción de los granos de polen.

Las células epidérmicas propiamente dichas son las más abundantes y menos especializadas, y se disponen unidas muy estrechamente, sin dejar espacios intercelulares. Tienen forma y tamaño muy variados que se suelen adaptar a la forma de la estructura que recubren. En los órganos que son elongados como el tronco, peciolos, grandes nervios de la hoja y en las hojas de las monocotiledóneas y algunas gimonospermas, las células epidérmicas tienen forma elongada paralelas al eje de la estructura donde se encuentran. En las plantas dicotiledóneas poseen paredes celulares con formas sinuosas, mientras que en monocotiledóneas suelen ser más rectas. Aunque en algunas angiospermas acuáticas y algunos helechos, las células epidérmicas pueden contener cloroplastos, y por tanto realizar fotosíntesis, normalmente no tienen cloroplastos, sino plastidios no clorofílicos. Presentan una gran vacuola, tienen desarrollado el retículo endoplasmático y el aparato de Golgi y, por lo general, su pared celular es primaria aunque de grosor variable. Pocas veces presentan pared celular secundaria, aunque está en la epidermis de las semillas o algunas hojas, y cuando presentan pared secundaria, la lignificación es rara, aunque está presente en algunas hojas de gimnospermas. Suelen tener en sus paredes tangenciales e internas campos de poros primarios y plasmodesmos. A veces, en la pared libre de la célula epidérmica hay unos canales, denominados ectodesmos, que permiten la comunicación del citoplasma con la cutícula y que permiten la secreción de sustancias al exterior.

Entre las células epidérmicas propiamente dichas existen otros tipos celulares que en ocasiones pueden usarse como carácter taxonómico. Así, algunas células epidérmicas se especializan en almacenar agua, como hacen las células buliformes de las hojas de las gramíneas y otras monocotiledóneas. Estas células se caracterizan por ser mucho mayores que el resto de las células epidérmicas, no contienen cloroplastos, poseen una gran vacuola con un alto contenido en agua y una escasa cutícula. Parece que intervienen en el mecanismo de pliegue y despliegue de las hojas por hidratación. Se localizan en hileras paralelas a los vasos conductores o en grupos en las zonas de plegamiento de las hojas.

Estomas

Estomas
Estomas de las hojas de diferentes plantas que muestran morfología variada.

En la epidermis de las partes aéreas, sobre todo de las hojas, se encuentran los estomas (Figuras 4 y 5). Pero también se encuentran en la epidermis de tallos, e incluso en los pétalos y en el pistilo de las flores. Evolutivamente aparecieron en la Tierra hace unos 400 millones de años y se cree que se inventaron una sola vez durante la evolución. Las primeras plantas carecían de estomas por lo que debieron restringirse a ambientes húmedos. Los estomas son las estructuras de la parte aérea de las plantas que se encargan de controlar el intercambio de gases entre la atmósfera y la planta, sobre todo vapor de agua y CO2. La epidermis de las raíces carece de estomas o son muy raros. Los estomas están formados por dos células oclusivas, que cuando se separan entre sí dejan un orificio entre ellas denominado ostiolo, el cual comunica el medio externo con el interno de la planta, siendo el medio interno en primer lugar una cavidad denominada cámara subestomática. En la mayor parte de los casos las células oclusivas están rodeadas por un número variable de células anexas denominadas células acompañantes o subsidiarias. Ambos tipos de células se diferencian entre sí por su diferente morfología y tamaño, además de por los engrosamientos desiguales de sus paredes celulares. El conjunto del estoma y sus células anexas forma el complejo estomático. Los estomas tienen unas dimensiones de entre 10 y 80 µm y una densidad de entre 5 y 1000 por mm2.

Estomas
Figura 4. Imágenes de estomas de diferentes plantas dicotiledóneas y una gimnosperma (arriba a la derecha)
Estomas monocotiledónea
Figura 5. Estomas típicos de una hoja de monocotiledónea

Hay dos grupos de formas de estomas: en las gramíneas las célula oclusivas tienen forma de dos badajos de campana o de pesas, y en el resto las células oclusivas tienen forma arriñonada (Figuras 4, 5 y 6). Los estomas de las gramíneas se consideran como formas más evolucionadas y son más rápidas a la hora de regular la apertura y cierre. Las gramíneas aparecieron hace unos 55 a 70 millones de años.

Estomas
Figura 6. Clasificación de los estomas en función de la organización de las células oclusivas y las células acompañantes o subsidiarias. Anomocíticos: las células subsidiarias no se pueden diferenciar. Paracíticos: una o dos células subsidiarias laterales paralelas a las células oclusivas. Laterocíticos: tres o más células subsidiarias laterales. Estefanocíticos: las células subsidiarias forman una roseta más o menos definida en torno a las células oclusivas. También están las anisocíticos: tres células subsidiarias de diferente tamaño, y las diacíticos: dos células subsidiarias perpendiculares a las oclusivas. (Modificado de Carpenter 2005).

Las células oclusivas presentan cloroplastos y una pared celular engrosada de manera no uniforme que posibilita que los cambios de turgencia puedan variar su morfología y de este modo aumentar o disminuir el diámetro del ostiolo (Figura 7). De esta manera se controla el intercambio gaseoso. Otra manera de controlar este intercambio es con la distinta densidad de estomas que presentan diferentes especies de plantas. También la organización varía, pudiendo estar dispersos por la superficie, como en la mayoría de las dicotiledóneas o alineados a los nervios de las hojas y al eje mayor de la hoja como en los pinos (Figura 8). El porcentaje total de la superficie de una hoja ocupado por los poros de sus estomas puede ser de hasta el 5 %. El diámetro del poro se regula mediante la fuerza de la turgencia del agua, y entre los factores que afectan a la turgencia están el CO2, la luz azul, hormonas como el abcísico, auxina, citocinina y giberelinas, la infección por patógenos, y por supuesto, la cantidad de agua disponible por la planta. Las células oclusivas carecen de plasmodesmos cuando se diferencian y esto hace que cada estoma, y cada célula oclusiva tenga un comportamiento semiautónomo. De esta manera, Las células acompañantes son las responsables de pasar y retomar el agua de las células oclusivas. Así el agua tiene que atravesar la membrana plasmática y la pared celular. Sobre todo la membrana plasmática puede ejercer un cierto control al paso de agua mediante la creación de gradientes iónicos. Sin embargo, en los estomas de las gramíneas, que son alargados con forma de palillos de tambor, hay una conexión entre las células oclusivas de manera que comparten el citoplasma. Esto es interesante puesto que las dos células pueden responder sincrónicamente a los cambios de turgencia. En general, los estomas más grandes responden peor a cambios ambientales y están en menor densidad. Por otro lado los estomas pequeños son mucho más rápidos y efectivos al responder a situaciones ambientales y aparecen generalmente con mayor densidad. Pero incluso una misma especie sometida a variaciones ambientales, por ejemplo mayor concentración de CO2, es capaz de disminuir su densidad de poros durante la formación de las hojas. También hay variaciones en número entre las diferentes partes de una planta o en un órgano durante su desarrollo. Por ejemplo, la epidermis de las frutas no tienen prácticamente estomas o carecen de ellos, o no son funcionales en sus etapas maduras, aunque cuando están creciendo pueden tener importancia los procesos de transpiración. En los frutos maduros la transpiración del fruto es a través de la cutícula.

Estomas
Figura 7. Imágenes obtenidas con un microscopio electrónico de barrido de la superficie de una hoja de kiwi. Los estomas son claramente visibles destacando sobre las células epidérmicas (A). Las células oclusivas, dependiendo de la turgencia, pueden tener sus paredes celulares juntas, estoma cerrado (B), o separadas, estoma abierto (C). (Fotos cedidas por Xurxo Gago Mariño. Departamento de Biología Vegetal y Ciencias del Suelo, Facultad de Biología, Universidad de Vigo).
Estomas
Figura 8. Disposición en hilera de los estomas de una hoja de pino.

Las células oclusivas de los estomas suelen situarse al mismo nivel que las células epidérmicas, pero no siempre. En algunas especies las células oclusivas sobresalen de la superficie epidérmica y se denominan estomas elevados. Cuando las células oclusivas se encuentran por debajo del nivel de la epidermis se denominan hundidos. En este último caso incluso pueden encontrarse en invaginaciones de la epidermis denominadas criptas estomáticas. Normalmente los estomas elevados se encuentran en especies que habitan ambientes húmedos, mientras que los estomas hundidos están en especies localizadas en ambientes áridos.

Los estomas se pueden desarrollar de diferente manera. Mesógena: una célula epidérmica se divide en dos y da a una célula oclusiva y una subsidiaria (típica de gimnospermas). Perígena: cuando la célula subsidiaria y la oclusiva proceden de células diferentes (típica de dicotiledóneas y muchas monocotiledóneas). Mesoperigena: cuando una de las dos células subsidiarias tiene el mismo origen que las células oclusivas.

Tricomas
Pelos o tricomas unicelulares y pluricelulares.

Los tricomas o pelos también son células epidérmicas especializadas que se alargan y/o proliferan. La palabra tricoma proviene del griego “trichos”, que significa pelo. Prácticamente todas las plantas tienen tricomas. Surgen por diferenciación de células en la protodermis y están presentes sólo en las partes aéreas de las plantas. Normalmente se encuentran en las hojas y tallos, pero dependiendo de la especie también en pétalos, semillas y frutos. Pueden ser unicelulares o pluricelulares, glandulares o no. Los tricomas van desde varios micrómetros hasta varios centímetros de longitud. La morfología de los tricomas pueden variar mucho según el órgano de la planta y de la especie. Los botánicos han descrito más de 300 tipos diferentes, y sus características morfológicas se han usado en ocasiones para la clasificación de las especies de plantas (Figura 9). A las plantas que poseen muchos tricomas se les llama pubescentes. La mayoría de los tricomas están formados por células vivas, aunque pueden presentar todas sus células muertas.

Tricomas
Figura 9. Ejemplos de distintos tipos de tricomas, incluidos algunos tipos glandulares.

Hay tricomas de protección y glandulares. Los tricomas de protección (Figura 10) se encuentran sobre todo en las angiospermas. Pueden ser unicelulares o pluricelulares. Estos tricomas no sólo protegen frente a luz intensa sino que ayudan a crear una capa aérea limítrofe superficial sobre la epidermis que permite una atmósfera menos fluctuante y evitan la pérdida de agua. Abundan en plantas xerófitas (de ambientes secos). Pero también guían a los insectos durante la polinización, afectan a la fotosíntesis, regulan la temperatura de las hojas, aumentan la reflectancia de la luz, etcétera. En algunos casos, como en la planta del tabaco, secuestran metales pesados y tóxicos como el zinc y el cadmio. Los tricomas de protección son especialmente abundantes en estructuras jóvenes de la planta, de las cuales pueden desaparecer cuando se hacen adultas.

Tricomas
Figura 10. Imagen obtenida con un microscopio electrónico de barrido de la superficie de una hoja de kiwi que muestra tricomas de protección. Los tricomas son de diferente tamaño pero todos son multicelulares. (Foto cedida por Xurxo Gago Mariño. Dpt. Biología Vegetal y Ciencias del Suelo, Facultad de Biología, Universidad de Vigo).

Los tricomas glandulares (Figura 11) son uno de los componentes de la secreción externa de las plantas. Son normalmente multicelulares y tienen un tallo o pedúnculo, aunque algunos son unicelulares. El tallo está formado por las denominadas células sustentadoras, cuyas células más basales se anclan en la epidermis, mientras que en el extremo distal del tricoma se encuentran las células secretoras.

Tricomas
Figura 11. Tricomas glandulares en una hoja de malva.
Tejido secretor
Secreción externa.

Los tricomas glandulares tienen células que son capaces de secretar sustancias que liberan al medio, bien a la atmósfera o la superficie de la propia planta, con diferentes funciones. Las células glandulares o secretoras tienen pared celular primaria, que a veces está revestida de cutícula, sobre todo en su parte de unión con las células de sostén, y un citoplasma rico en orgánulos como mitocondrias, retículo endoplasmático y sacos de aparato de Golgi. Hay tricomas glandulares que tienen una célula basal, una o varias de sostén y unas pocas secretoras en la punta del tricoma. Normalmente producen sustancias nada o poco volátiles que quedan en la superficie de la planta. Otros tienen una célula basal, una célula corta de tallo y una cabeza que consta de una o varias células glandulares que contienen una gran cavidad entre la cutícula y la pared celular llena son sus productos.

Hay una gran variedad de tricomas glandulares en función de las sustancias que secretan. Algunos producen y liberan ácidos orgánicos, otros secretan sal, mucílago (polisacáridos), terpenos, una mezcla de terpenos y mucílago, secretores de néctar, las plantas carnívoras tienen pelos glandulares que secretan enzimas proteolíticas, etcétera. Una de las funciones importantes de los tricomas glandulares es mediar en la interacción entre plantas y animales. Los terpenos liberados por los tricomas tienen efectos muy variados según la especie de insecto, pueden atraer, repeler, causar alarma, o regular el desarrollo de los insectos, dependiendo de la especie. También algunas de estas sustancias tienen efectos antimicrobianos.

En la epidermis de la raíz están los denominados pelos radicales, los cuales sirven para absorber agua y sales minerales. Aumentan mucho la superficie de absorción, pero ésta ocurre en toda la superficie de la epidermis de la raíz. Los pelos radicales son células epidérmicas modificadas que crecen a modo de columna perpendicularmente a la superficie de la raíz. En los pelos radicales se encuentran también numerosos microorganismos simbiontes tales como las bacterias fijadoras de nitrógeno. Aparecen en la zona de maduración de la raíz y se diferencian a partir de células epidérmicas indiferenciadas denominadas tricoblastos. Su patrón (número y distribución) es característico de especie, aunque también depende de las condiciones del suelo.

2. Peridermis

Peridermis
Estructuras de protección: peridermis y lenticela.

Es un tejido de protección que sustituye a la epidermis como tejido protector en los tallos y raíces que tienen crecimiento secundario. No suele aparecer en hojas ni en frutos. Normalmente aparece durante el primer año de crecimiento secundario en aquellas partes de la planta que no van a crecer en longitud. Sin embargo, algunas plantas no suelen desarrollar la peridermis hasta varios años después de comenzar con el crecimiento secundario. La aparición de la peridermis aísla a la epidermis del parénquima cortical y provoca la muerte de las células epidérmicas y su descamación a medida que la raíz o tallo crecen en grosor.

La peridermis se produce por la actividad del cámbium suberoso o felógeno, un meristemo secundario y lateral que se puede originar varias veces a largo de los años. Durante el primer año de crecimiento secundario este meristemo se forma a partir de la desdiferenciación de las células parenquimáticas o colenquimáticas que se encuentran debajo de la epidermis, pero en algunas ocasiones también de células epidérmicas o floema primario, con lo que puede formar un meristemo continuo o discontinuo. El primer cámbium suberoso puede durar varios años dependiendo de la especie (en el manzano, por ejemplo, más de 20 años). Más tardíamente, a veces tras varios años, el felógeno se origina en zonas más profundas a partir células parenquimáticas del floema secundario. Aunque en algunas especies sólo se origina una vez y dura toda la vida de la planta. En las raíces el felógeno se forma a partir del periciclo.

Las células del felógeno se dividen periclinalmente (ver figura) dando lugar a filas de células que se distribuyen de manera desigual hacia el interior, felodermis, y hacia la superficie, súber, del órgano de la planta. Normalmente el felógeno produce mayor cantidad de súber que de felodermis. Las células de súber son similares en forma a las células iniciales de las que provienen. Son células muertas cuando desempeñan su función de protección y no poseen espacios intercelulares, excepto en las lenticelas. Sus paredes celulares están muy suberizadas, y por tanto muy impermeables al agua.

Hay dos tipos de células del súber: con paredes celulares gruesas y con paredes celulares delgadas. A veces aparecen juntas o puede aparecer un sólo tipo en una especie de planta. Las células de paredes gruesas tienen una pared primaria externa frecuentemente lignificada, una pared secundaria muy suberizada y una tercera capa más interna, a veces llamada pared terciaria, que está impregnada con ceras. Cuando esta tercera capa se llena de ceras la célula muere y desempeña su función de protección mecánica y frente a la desecación. El interior de estas células tienen a veces resinas y taninos que se trasladan a su interior antes de que mueran. Las células del súber de paredes finas tienen un diámetro mayor que las anteriores, con una pared secundaria más fina, y carecen de esa capa adicional más interna. Este tipo de súber se emplea para hacer el corcho. Pueden tener gas acumulado en sus interior y a veces sus paredes carecen de suberina.

Hacia dentro del feloǵeno se producen células que están vivas y en una disposición apilada formando la felodermis, y aunque en forma se parecen a las células parenquimáticas corticales, se distinguen de ellas porque se disponen en forma de hileras radiales. En la primera peridermis pueden ser células fotosintéticas y algunas se pueden diferenciar en esclereidas.

La corteza de los árboles se puede considerar como todos los tejidos que quedan externos al cámbium vascular, lo que incluye al floema y a la peridermis. Por tanto es el resultado de los dos meristemos: el cámbium vascular y el felógeno. El felógeno es un meristemo pasajero puesto que se genera y muere en cada ciclo de crecimiento de la peridermis. Las sucesivas peridermis que se van formando se denominan conjuntamente como ritidoma. Por tanto la corteza está formada por floema, peridermis y ritidoma. No hay ritidoma en las plantas con un solo felógeno que se mantiene a lo largo de su vida.

La peridermis es una capa impermeable, sobre todo el súber o corcho, al intercambio de gases entre los tejidos superficiales del tronco y raíz con el aire. Este obstáculo puede salvarse con la presencia de unas estructuras llamadas lenticelas, que permiten el intercambio de gases entre los tejidos internos del tallo o la raíz y el medio ambiente. Se presentan como zonas lenticulares o circulares que sobresalen en la superficie, de ahí el nombre de lenticela, con un poro debajo del cual se encuentra el tejido de la lenticela, que no son más que células parenquimáticas de paredes finas y que dejan entre ellas espacios intercelulares más o menos amplios. Las lenticelas se producen con la formación de la primera peridermis y son zonas donde el cámbium suberoso es más activo y produce células que dejan más espacios intercelulares en los tejidos, los cuales son diferentes al resto de la peridermis. Hay células parenquimáticas de dos tipos: complementarias y de cierre. Las primeras se disponen de manera poco compacta y las segundas en filas tangenciales entre las complementarias. Las lenticelas se forman originalmente bajo los estomas en la epidermis. A medida que aumenta el grosor del tallo o raíz se forman nuevas lenticelas.

Las monocotiledóneas no suelen producir peridermis. En las plantas pequeñas la epidermis persiste a lo largo de la vida de la planta, y las células parenquimáticas subyacentes se pueden suberificar o esclerificar, formando una capa externa protectora. Sólo en algunas monocotiledóneas se produce un crecimiento secundario con la formación de un meristemo a partir de tejido parenquimático que produce células radiales que se suberizan y mueren. Si las plantas son muy grandes este proceso se repite al igual que ocurría con la peridermis.

Bibliografía

Carptenter KJ. 2005. Stomatal architecture and evolution in basal angiosperms. American journal of botany 92: 1595-1615.

Yeats TH, Rose JKC. 2013. The formation and function of plant cuticles. Plant physiology 163: 5-20

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